La gran leccion de un dolor de muelas

dientesCuando trabajo con mamas recientes, estoy leyendo otros blogs, o me pongo a escribir, traigo a mi memoria los días de lactancia, la primera vez que le monte en el autobús para ir al cole, pruebas medicas y angustias varias…El otro día recordaba muy vívidamente una de las mayores lecciones que la dentición de mi hijo me proporciono.

Vaya por delante que me considero una madre afortunada, porque mi hijo ha sido un niño muy sano, nunca ha estado hospitalizado, jamás he acudido a unas urgencias, ni le han dado puntos tan siquiera. Es un gran comilón, duerme de maravilla, no tuvo cólicos….en fin, un bendito!

Por eso , aquel momento que ahora rememoro fue para mí tan angustioso y a la vez revelador. En su línea de normalidad, la dentición de Víctor no dio problemas, apenas algunas tardes de decimas, mas babas de lo normal, pero ningún otro síntoma, excepto aquella tarde, en el que el nerviosismo y sus muestras de dolor cada vez eran mayores. Hacía muy poco que nos habíamos mudado a una zona rural, apartada de núcleos donde hubiera farmacias o médicos de urgencia, y para añadir la guinda al pastel sin coche para desplazarme, ni nadie a quien acudir.

La tarde empezó aponerse fea, y mi hijo cada vez estaba más desconsolado. Sabía perfectamente que era problema de dientes, que no tenía ninguna otra cosa, pero cada vez estaba peor. Probé todos los remedios a mi alcance, desde los más caseros (zanahorias frías, mordedores etc..) hasta los remedios homeopáticos ( mi marido es naturópata, así que en casa no encontrareis apiretal, pero de lo demás, de todo). Ese día nada parecía funcionar.

Aun ahora trago saliva al recordar el llanto desconsolado de mi hijo, y como se golpeaba su cabecita contra mi pecho del dolor que sentía, y recuerdo mi impotencia al no poder acudir a ningún sitio donde le aliviaran. Llame a mi marido para que comprara lo que fuera en donde fuera y viniera pitando a casa porque no podíamos soportarlo más.

Llore ese día como no he llorado nunca, no por miedo a que le pasara nada grave, porque sabía que no, sino por ver a mi hijo sufrir y sentir  el  mordisco de la impotencia por no poder calmar su dolor. Llore con él, le acune, le pedí perdón, y sufrí a su lado.

Y aprendí ese día, que mi hijo iba a sufrir en esta vida dolores que no podría solucionar, y no de muelas, sino del alma, que son los peores. Me di cuenta de lo mucho que aun nos quedaba por llorar juntos sin saber que mas hacer, y  sentí, que me gustaría poder protegerlo de todo, pero que la vida es amar y sufrir, reír y llorar y no tengo derecho a privarle de ello. Solo pido poder estar ahí, para reír con y él, y llorar también, porque muchas veces será lo único que podre hacer.

A las horas llego mi marido, con un arsenal medico de lo más químico y fuerte que pudo obtener .El niño  y yo estábamos dormidos, rendidos ..Y calmados. Nunca tuvimos que finalmente usarlo, pero  aprendí una gran lección, que aun hoy me emociona recordar, (aparte de comprar otro coche), que por mucho que lo deseemos, no podre evitarle las lagrimas, solo compartirlas.